Si la Revolución Liberal de 1895 ha sido considerada el acontecimiento más luminoso e influyente de la historia del Ecuador (con sus matices y claroscuros, por supuesto), la guerra con el Perú, de 1941, en cambio ha sido calificada como el episodio más doloroso desde la fundación del país.

La guerra llevó a la derrota, y la derrota a la firma del Protocolo de Río de Janeiro casi siete meses después y, a su vez, dejó una herida abierta que duró hasta 1998, cuando por fin se cerraron las fronteras con el tratado de Itamaraty.

En esas casi seis décadas, Ecuador se desarrolló en medio de un trauma sobre su identidad nacional, al punto que en los colegios se enseñaba la materia de Historia de Límites, una constante mortificación de mirar el mapa de un país que era desmembrado dramáticamente por Colombia, pero sobre todo por Perú.

¿Cómo podían ser tan malvados los peruanos -decía la maestra- y no reconocer el protocolo Pedemonte-Mosquera de 1830? ¡Pero si ya se llevaron Tumbes, Jaen y Cajamarca!

Conflictos latinoamericanos como el de Ecuador y Perú estaban determinados por las divisiones administrativas heredadas de la Colonia española, que creó audiencias, capitanías y virreinatos, pero muchas veces sin la precisión cartográfica necesaria, para que los nuevos países que se desovaron en la Independencia pudieran fijar fronteras exactas.

La guerra del 41 no escapa de esa lógica y ocurrió luego de casi un siglo de mutuos reclamos territoriales. Ecuador siempre se consideró heredero de la Real Audiencia de Quito y siempre reclamó acceso al río Marañón, mientras que Perú proclama su continuidad del Virreinato de Lima, entidad enorme que sufrió muchos cambios a medida que avanzaba la Colonia.

Militarmente, el conflicto estalló el 5 de julio de 1941, cuando fuerzas peruanas traspasaron la frontera fijada provisionalmente en 1936, supuestamente como respuesta a incursiones ecuatorianas.

La llamada Emboscada de Bramador, en que dos soldados ecuatorianos murieron en un intercambio de fuego con los peruanos en el limítrofe río Zarumilla, fue el primer acto de un conflicto que se extendió a diversos frentes de El Oro, Loja y la región Amazónica, además de un bloqueo naval a Guayaquil.

Cada país tuvo sus héroes. En Ecuador se honra la memoria del subteniente Hugo Ortiz, quien prefirió caer en combate en Gapizum, a orillas del río Santiago, antes que rendirse y entregar su posición al enemigo. Murió el 2 de agosto de 1941 y fue enterrado ahí mismo por los soldados peruanos, con honores. Fue ascendido póstumamente a teniente y, en 1943, sus restos viajaron a Quito.

También se recuerda el valor de la tripulación del Abdón Calderón, un cañonero que se enfrentó el 25 de julio al destructor peruano Almirante Villar, una nave de mayor ­envergadura y poder de fuego.

En Perú se honra la memoria de José Quiñones Gonzales, un piloto de aviación que, en lugar de escapar en paracaídas cuando su avión fue impactado, se inmoló al estrellarse contra las baterías ecuatorianas en una zona de Zarumilla y así cumplir la misión de destruir esos nidos de proyectiles.

Además de la cuestión limítrofe y militar, también estaba presente el tema económico. Mucho se ha escrito sobre la influencia de las multinacionales petroleras en esta guerra, en especial la anglo-neerlandesa Royal Dutch Shell (que apoyaba a Ecuador) y de las firmas estadounidenses (que hacían negocios con Perú).

Incluso existe una obra de teatro titulada ‘S + S = 41’, del grupo Ollantay (escrita y montada en 1973), en que Superman y Sherlok Holmes arman la guerra en la Amazonía ecuatoriana y peruana en nombre de las petroleras.

También influyó la geopolítica de la época. Este conflicto se desarrolló en plena Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos estaba más atento a los acontecimientos en Europa y el Pacífico asiático, así que ejerció presión para que Carlos Arroyo del Río, presidente de Ecuador, y Manuel Prado Ugarteche, su par peruano, ordenaran un alto al fuego y negociaran un tratado de paz.

EE.UU. fue uno de los países garantes del Protocolo de Río de Janeiro, el cual selló la derrota militar y diplomática de Ecuador: renunciaba para siempre al acceso al Marañón.

¿Para siempre? No. En 1948, los ecuatorianos se negaron a colocar los hitos en un sector de la Cordillera del Cóndor, lo cual sirvió para reactivar el discurso del derecho de Ecuador de acceder al Marañón, algo que la comunidad internacional nunca apoyó, y luego dar paso a la doctrina de la nulidad del Protocolo proclamada en 1960 por José María ­Velasco Ibarra cuando asumió la Presidencia.

Los impactos de la derrota causaron estragos en muchos ámbitos. Los mapas en los colegios de Ecuador mostraron durante 57 años una zona amazónica en disputa que, en la práctica, era de Perú, cuyos ciudadanos eran vistos con enorme recelo. Al Tío Johnny, popular conductor de un programa infantil en Guayaquil, le crearon el rumor de que era un ­espía peruano.

Carlos Arroyo del Río fue maltratado por varios historiadores por el Protocolo de Río de Janeiro, lo que eclipsó sus aciertos económicos, mientras que el intelectual socialista Benjamín Carrión, fundador de la Casa de la Cultura, proclamaba que Ecuador, en vista de que no podía ser una potencia militar o económica, sí podía ser una potencia cultural pese a ser un país pequeño.

Y ese fue el problema: se instauró una autopercepción de pequeñez (los niños cantaban “amarillo, azul y rojo, la bandera del patojo”) que tardó varias generaciones en superarse, así como el recelo a los peruanos. Hoy, suena increíble que antes fuera imposible abrir un restaurante de comida peruana en Quito o que una firma deportiva ecuatoriana vistiera a la Selección de fútbol de Perú.

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