Cuando los resultados electorales de las elecciones presidenciales de Ecuador empezaron a consolidarse el domingo, tanto o más que la sorpresiva victoria del banquero Guillermo Lasso, lo que movía el ambiente político era la derrota del expresidente Rafael Correa, que no estaba en el tarjetón, pero ha sido la cabeza visible de lo que en este siglo se ha llamado correísmo.

Antes de la segunda vuelta iba cómodamente asegurado con los 13 puntos de ventaja que su apadrinado, Andrés Arauz, había logrado sobre Lasso y el indígena de Pachakutik, Yaku Pérez. Cómo había tenido tan fuerte descolgada el correísmo manejado a tuiterazo por su líder en Bruselas, era la pregunta sin respuesta.

Los analistas hoy ensayan varias, pero la más repetida es que Arauz se quedó solo. Correa se quedó solo. Izquierda Democrática dejó en libertad a los suyos. Los indígenas le dieron la espalda y votaron nulo atendiendo el llamado de Pérez. Andrés Arauz, de Alianza País se había convertido en el primer correísta en perder una elección presidencial en 15 años.

Los 1,7 millones de votos de Pérez tenían peso específico en la segunda vuelta, pero los indígenas le estaban cobrando a Correa una historia de incumplimiento de tres lustros.

En el 2006 cuando el joven izquierdista de 43 años y sin partido se enfrentaba en segunda vuelta al empresario Álvaro Noboa, Pachakutik, brazo político del movimiento indígena, le tendió la mano y cuando Correa ganó, tomó posesión simbólica en una de sus comunidades. La luna de miel duró cuatro años. Tras la aprobación de la Constitución de Montecristi, el proyecto bandera de nuevo presidente, empezó el desmoronamiento cuyo final que se hizo patente cuando varias organizaciones, en el mismo sitio de la posesión, le quitaron el bastón de mando que le habían dado. Correa había incumplido, decían.

El rosario de protestas empezó en el 2009 con una convocada por la Confederación de Nacionalidades Indígenas (Conaie) en rechazo a la Ley de Aguas que impedía a las comunidades tener el control de los recursos hídricos, la explotación de la minería a gran escala y el petróleo en sus territorios. Correa, logró sortear con éxito su primer enfrentamiento político con los grupos indígenas, que habían tumbado a Abdalá Bucaram (1997), Jamil Mahuad (2000) y Lucio Gutiérrez (2005).

Hacía un año había nacido la Constitución del 2008, aprobada por la Asamblea Constituyente en Montecristi, que impulsada por Correa incluyó la propuesta del estado plurinacional tal como pedían los indígenas. Eso los había animado a firmar un acuerdo electoral en el 2009 con el partido Alianza País, pero en el 2013 aún seguían negociando la implementación de políticas públicas para concretar la Carta Magna. En el 2015 se rebozó la copa.

Ya se habían realizado dos movilizaciones masivas contra la Ley de Minas y la Ley del Agua, y del Estado plurinacional no había más que una serie de obras de infraestructura. “El Estado plurinacional va más allá de construir una carretera”, dijo entonces el presidente del Conaie, Jorge Herrera, a la par que urgía la construcción de un modelo económico que garantice la vida, el Sumak Kawsay (Buen vivir), “lejos del extractivismo”.

“Rafael Correa ofendió al pueblo indígena”, repitieron como un mantra cientos de nativos, muchos exseguidores del presidente, al ingresar a Quito después de recorrer 800 k a pie o en bus para unirse el 13 de agosto de 2015 a una marcha opositora que aún se recuerda. En ocho años de gobierno, la relación entre Correa y el movimiento indígena se había fracturado totalmente.

En la Marcha por la vida y la Dignidad de ese 2015, reprimida fuertemente en su intento por llegar al palacio de gobierno, se oyó duro la palabra incumplimiento. Correa desestimó la protesta diciendo: “Empiezan una marcha que en realidad es una caravana motorizada. Se creen república independiente; se dicen ancestrales y creen que pueden someter a todo el mundo. Se les acabó la fiesta”.

Los indígenas empezaron la fiesta precisamente en el mismo sitio donde está el proyecto minero Mirador. El 2 de agosto salieron desde la parroquia de Zamora Chinchipe para hacer visible la maquinaria de la empresa china Ecuacorrientes que arrasó con una capilla, una escuela y una cancha de uso múltiple”. El 13 de agosto estaban en el Centro de Quito.

Allí se puso en evidencia la división que había prohijado Correa entre las organizaciones: los que estaban a favor o en contra de él. A sus opositores de Conaie los llamó “aliados de la derecha” y “ponchos dorados (de élite)”. Esos fueron reprimidos, los otros llegaron sin dificultades a respaldar el gobierno.

La gran mayoría estaba en contra del mandatario ecuatoriano, que aprendió quechua cuando convivió en su juventud con aborígenes del centro de Ecuador, pero incumplía lo pactado. El extractivismo campeaba en el gobierno en contra de la Constitución. El peso de las deudas contraías por el gobierno hizo que Correa buscara los aliados chinos para pedir prestado dinero y a cambio permitió la exploración de petróleo en la zona selvática de Yasuní y abrió las puertas a la gran minería. Una consulta popular fue desestimada por el gobierno que optó por la represión. Envió al ejército contra la etnia amazónica shuar para garantizar la explotación de Panantza San Carlos, el 17 de diciembre de 2016 desplegó mil uniformados y vehículos blindados en la provincia amazónica Morona Santiago, y en varios sitios, la fuerza para reprimir y silenciar se usó contra los manifestantes indígenas que exigían el respeto a la Constitución.

Hoy Correa está autoexilado en Bruselas enredado en los sobornos de Odebrecht. Pero no ausente de la política que manejó intensamente a través de redes sociales en las elecciones presidenciales para suceder a Lenín Moreno. Fue entonces, cuando los indígenas le dieron la espalda al correísmo. En la definitiva segunda vuelta se plantaron en su apoyo a Yaku Pérez que por mínima diferencia no había pasado a la recta final y pidió el voto nulo. Lo único que consiguió Correa fue, una vez más, dividir el movimiento, y los indígenas amazónicos liderados por Jaime Vargas, presidente del Conaie le brindaron un apoyo a Arauz. 48 horas después Vargas era expulsado del movimiento. El 11 de abril, cuando se contaron los votos, el nulo fue 17 % del total.

“En el histórico hay un voto nulo, que generalmente era el 10% y ahora llega al 17%, nosotros hicimos una campaña sin gastar un solo centavo,”, le dijo Pérez a Radio Francia Internacional dos días después de la elección. Y anotó: “Ganamos en 13 de las 24 provincias. En toda la Amazonía ecuatoriana. Y en la segunda vuelta en la sierra y en la Amazonía, gana el señor Lasso. Quizás el pueblo ya está cansado de la violencia, del extractivismo, de esa izquierda populista que no es una izquierda real, auténtica que está con los obreros, con los maestros, con la clase indígena, con la clase abierta, con los que fuimos vilipendiados, perseguidos, criminalizados».