Betty Isabel Chacón Regalado escribe el libro «Mi Padre me conto» una historia muy importante para la sociedad Zamorana aquí parte de su pedido a la Casa de la Cultura para que se haga realidad el libro …. la recopilación de lo que nos cuenta nuestro Padre Sr. Luis Olmedo Chacón Rosero, quien con mucho elocuencia haciendo derroche de una memoria aún muy lúcida, comparte sus recuerdos de lo que fue parte de la vida en esta ciudad hace mas de 50 años……

SABANILLA, Pintoresca, hospitalaria y acogedora, puerta de entrada al Cantón Zamora, acaba de cumplir 56 años de parroquialización, y fue el motivo para entablar con mi padre una conversación que resultó tan interesante y tan amena.

Ante mi pregunta: Papá por que siempre conocimos a Sabanilla como El Tambo? Y ante esa sola pregunta, las visiones impresionantes que se quedan grabadas en la mente por siempre cobran vida y con esa elocuencia tan suya para narrar lo vivido me dice:

Mira hija, te estoy hablando de los años 55 al 60, en los cuales Zamora carecía de la carretera para llegar a Loja, y por lo tanto para cubrir necesidades comerciales, sociales, de salud o simplemente porque queríamos darnos una vueltita en la ciudad, era necesario emprender un viaje que se constituía en un verdadero desafío a la valentía de hombres y mujeres que se aventuraban a realizarlo, con la única voluntad de llegar a esa ciudad que a la postre ya se había convertido en un importante centro poblado con las características de una ciudad comercial que ofrecía muchas comodidades, oportunidades y diversiones de los cuales Zamora estaba muy lejos de contar.

Salir a Loja, era toda una aventura, era un recorrer un camino de mas de 60 km y dos días a mula. Un camino serpenteado por laderas y valles atravesando un hermoso paisaje, con pronunciadas curvas, subidas, bajadas, quebradas, puentes.

Salir a Loja, en ese entonces se constituía en momentos de sentir la intensidad de la vida y del universo, ese sentimiento que se apodera de uno cuando ha tenido que atravesar caminos de menos de un metro de ancho, teniendo a su izquierda el sonido del río en lo mas profundo de un abismo y la inmensidad de la montaña a la derecha y por momentos el río a la derecha y la montaña a la izquierda.

Este viaje se lo hacía con la ayuda, la compañía y el servicio de los arrieros. Varios ciudadanos residentes en Zamora, se dedicaban a esta actividad, estando destinado a ellos el acarreo de mercancías y personas a mula.

El día anterior al viaje preparábamos la ropa, todo el equipaje, pero sobre todo teníamos que preparar la tonga o el fiambre, pues al ser dos días de camino, parte importante del equipaje constituía la alimentación.

Había que desayunar temprano y comenzar el periplo, las mulas nos esperaban en la parte posterior a lo que fue el cuartel militar, frente ha donde hasta hoy existe la tienda del Sr. Luis Arévalo y la Sra. Mira, el camino subía desde este lugar por la parte que llega actualmente a la parte posterior del Cementerio.

Después de recorrer el día, cerca de las cuatro, cinco o seis de la tarde se avizoraba un campamento. Era una sola casa de aproximadamente 12 mts. Por 6 mts. De un solo ambiente, construida en bareque, con una gran corredor en la parte del frente, en el cual se hacía el descanso obligatorio para pernoctar, lo que llamábamos hacer un Tambo. Por eso el nombre de EL TAMBO.
Esa casita que describo estaba ubicada exactamente en el lugar en donde hoy se ha construido la Casa de la Junta Parroquial de Sabanilla.

El Municipio pagaba un tambero, que era la persona que tenía la obligación de mantener el aseo, agua y sobre todo leña, la cual se utilizaba en los cuatro fogones que estaban ubicados en cada una de las esquinas de la posada y que estaban al servicio de todos los viajeros que llegábamos a hacer nuestro tambo.

En estos fogones se calentaba el fiambre, y se merendaba, se hacía café y luego comenzaban unas interminables noches mezcladas de risas, alegrías, de una oportunidad de hacer amigos, conversaciones en las cuales se compartía experiencias, anécdotas, los famosos cachos para hacer reír o también se comentaba sobre cual fue la necesidad que originó el emprender el viaje.

De repente los motivos del viaje no eran tan buenos, pues ante la carencia de servicios médicos cuando había enfermos que sacar a Loja, el viaje era penoso, por supuesto que el enfermo no podía ir en mula por lo que se hacían camillas y se pedía a familiares, amigos o vecinos para que ayuden a llevar a pulso al enfermo. Esto era penoso, pero al mismo tiempo era motivo para demostrar la solidaridad de la gente, pues muchos se ofrecían para ayudar a llevar a los enfermos en este duro viaje.
También lo triste de los viajes era cuando se despeñaban los mulares y la preciada carga se perdía.

Pero volviendo al motivo del nombre de El Tambo, pues después de comer, asearse y compartir con los amigos, se dormía sobre los aperos de las mulas, a las cuales se las dejaba en la parte de afuera o se las llevaba a los potreros para que descansen y coman.

Al día siguiente, cinco de la mañana, todo el mundo estaba en pie, los arrieros preparaban las mulas y se emprendía nuevamente el camino.

De la casa de El Tambo, se iniciaba una larga y dura cuesta, exactamente por el camino que hoy conduce de la carretera a esa bonita Capilla que ahora tiene Sabanilla, y tras otra dura jornada, finalmente se coronaba la cima de la cordillera y comenzaba el descenso al valle en el cual está asentado Loja, cuya entrada a la ciudad se hacía por el barrio que ahora se denomina Zamora Huayco.

El regreso era algo muy similar, nuevamente el obligado descanso en El Tambo y al otro día se llegaba a Zamora.

Una anécdota que te puedo contar de este viaje es que cuando se venía por primera vez, se preguntaba muchas veces a todo aquel con el que nos encontrábamos donde está Zamora y todos contestaban a la vueltita.

Un recuerdo triste de esta época de carencia de medios de transporte, de servicios de salud en Zamora fue cuando mi esposa debía dar a luz a nuestra primera hija y que al no poder hacerlo aquí tuvimos que salir a Loja, en las condiciones que ya narré y que desgraciadamente no pudimos llegar con bien, pues la niña nació al atravesar una de las quebradas de la vía, con cuya agua la bautizamos, e inmediatamente después de nacida falleció.

Muchas historias como estas se quedan en el recuerdo de quienes tuvimos que venir a hacer patria en esta región. Sin embargo salir a Loja en esa época siempre fue un viaje lleno de sorpresas y emociones.

Desde esa época Sabanilla o mejor dicho El Tambo, se ha constituido en el lugar de descanso o parada obligatoria del viaje de todo aquel que entra y sale de Zamora, lo cual lo ha convertido en un pintoresco pueblo, que se caracteriza por el comercio que en el se genera, pues quien no hace un TAMBO, para comprar agua, dulces, o lo típico que es el cafecito con tamales, con cuero o con los deliciosos chicharrones.

No podría concluir la narración de lo que me ha contado Mi Padre, sin valorar, la responsabilidad que tiene la población de Sabanilla, sus autoridades, sus moradores de seguir siendo la primera y mejor imagen que brinda Zamora a sus visitantes.

Pero más allá de ello, nuestro respeto y admiración a aquellos arrieros, hombres valientes, laboriosos, que no solo sostuvieron el comercio y la economía de esta región, sino que fueron pioneros de la pujanza de un pueblo y se constituyen en un símbolo de identidad cultural de Zamora Chinchipe.

Al hablar del desarrollo social, político, cultural y económico de nuestra provincia amazónica es obligatorio rememorar los artífices de ese desarrollo y es por ello que entre tantas conversaciones con mi padre un día le digo:

Papá una vez fundadas las ciudades por los colonizadores, como es que se fueron constituyendo en ciudades y específicamente en Zamora, a quien le debemos su desarrollo?

Y me dice, mira hija, después de la colonización; América, nuestra región amazónica y principalmente nuestro Zamora Chinchipe debe su desarrollo a una labor que debe ser reconocida como heroica que vinieron a realizar los misioneros. En nuestro caso especialmente de la misión franciscana.

Y dentro de ello te puedo contar que tuve la suerte y el orgullo de conocer y ser amigo personal de dos religiosos ejemplares, alegres, caritativos, generosos, que con su trabajo de evangelización, marcaron la identidad católica de nuestra provincia, cuya labor jamás será lo sufrientemente reconocida ni agradecida, porque su labor fue invaluable.

Me refiero a Monseñor Jorge Mosquera Barreiro, ya fallecido y Monseñor Ricardo Flatz, que hace poco también salió de nuestra patria después de haber entregado su vida a nuestra tierra.

Pero te voy a hablar primero de Monseñor Jorge Mosquera Barreiro.

Muy joven había sido nombrado Obispo de la diócesis de Zamora, y un día de 1962 llegó a Zamora, en reemplazo del también entregado a su labor misional Monseñor Manuel Moncayo, que es quien estaba de Obispo cuando yo llegué a estas tierras.

Llegó y en primer lugar se dedicó a esa misión de catequizar y sobre todo educar al pueblo shuar, como gran defensor que era de la dignidad de los hermanos shuaras, a muchos de los cuales en primer lugar les hizo que reciban las aguas del bautismo.

Mantenía varios niños en el convento para que asistan a la escuela, lo que les permitió un desarrollo integral, tanto evangelizándose como educándose. Labor que lo hizo dando muestras siempre de todo el respeto, afecto y cariño para con ellos.
Le gustaba recorrer Zamora, con su pasito lento admirando el crecimiento de la ciudad, siempre con sus manos cruzadas bajo su escapulario impecablemente limpio; casi nunca se lo vio sin su hábito.

Cuando había sucesos de los que no faltan en las casas, hacía visitas pastorales, con su palabra consoladora, sencilla, directa y armoniosa, pero no solo con su palabra sino con su testimonio de vida ejemplar, pastoreaba su rebaño y sin lugar a dudas su palabra germinó.

Pero más allá de esa misión de dar amor, confortar y evangelizar que tiene los misioneros, Monseñor Mosquera fue artífice de la creación y desarrollo de las principales instituciones públicas, sociales y educativas, es así que con su gran poder de gestión y sus buenas relaciones en la capital, donando él mismo las grandes extensiones de terreno que en ese entonces eran de la misión, creó entre otros el Normal San Francisco, la Escuela de Líderes, la Cruz Roja, el Hospital, que estoy seguro para el significó la más sentida de todas sus obras, y tantas otras que sería inacabable narrártelas, y es que todos esos terreros que quedan en donde hoy es la catedral hasta El Líbano y hasta más allá de la loma por donde queda el reloj gigante, todo era de la misión, él se dedicó a hacer limpiar, a hacer allanar y a lotizar, creando de esta manera una ciudad ordenada, con sus calles y sus manzanas bien formadas como la tenemos hoy. El tuvo esa visión de cómo debía quedar la ciudad para el servicio de todos.

Pero para concluir con esta narración te puedo decir que Monseñor Mosquera vino a Zamora desde Tumbaco en Quito, y la amó tanto o más que si hubiese nacido acá y cada una de sus obras con toda su magnificencia, con todo el servicio que presta a la ciudadanía, es el reflejo de un alma que se realizó totalmente en su propia vocación. Toda su obra es fruto de su vida y su virtud.
Monseñor Mosquera, se quedó a vivir en Zamora, hasta el final de sus días, asistido por las hermanitas de Zumbi, falleció y el pueblo zamorano lloró su partida, en un apoteósico traslado, acompañado de varias personalidades nacionales, autoridades provinciales y hasta el mas humilde de sus habitantes.

Y si me preguntas de el en ese entonces padre Flatz por que así lo conocí yo, vino muy jovencito y tuve la suerte en mi calidad de boga del ejército, de llevarle personalmente a Nangaritza, verdadero paraíso de la naturaleza, que es un cantón de Zamora Chinchipe, a donde había sido designado, en el cual conviven armoniosamente grupos étnicos como los shuar que son habitantes milenarios de esa zona, los indígenas saraguros que se asentaron posteriormente para realizar principalmente labores de ganadería y los mestizos, que eran principalmente dedicados al lavado de oro en las aguas del Río Nangaritza.

Monseñor Flatz, sacerdote joven, muy jovial y alegre, carismático, así mismo entregó su vida para ver del desarrollo de los pueblos del Alto Nangaritza con tanto afán, con tanto amor, pero sobre todo con tanta entrega al rudo trabajo que constituía el hacer desarrollar esos pueblos.

Te digo, que cuando viajaba con nosotros, prácticamente era contar con un arriero mas, con un boga mas, por que nunca dejó de participar en todas las actividades que significaba el trasladarse de un lugar a otro en esas épocas en que no teníamos carreteras y había que ir arreando mulas, manejando los motores de las canoas, a veces apeando y volviendo a cargar las canoas cuando el río crecía, pero ahí, igual que nosotros, haciendo siempre el mismo trabajo, como te digo era como contar con uno mas de nosotros.

Y es que en la misión de los franciscanos, tuvo una relación importante la presencia también del ejército, que era la institución que contaba con los medios de transporte, como acémilas, botes a motor y posteriormente camionetas. Que lógicamente se les facilitaba a los religiosos para que realicen su labor misional, especialmente dedicada a los habitantes ribereños que constantemente fueron visitados por su pastor, y te repito que en cada uno de esos viajes nosotros hacíamos cuenta que viajaba un soldado mas, un compañero mas, por esa confianza que siempre nos dio y por como participaba del periplo.

Estos gestos heroicos que realizaron, en favor del desarrollo integral del ser humano habitante de estas tierras, fue el modo de llegar a la plenitud de su vocación, así fueron forjando el anuncio de la palabra y el desarrollo integral de estos pueblos, por que son cosas que van de la mano.

Al retirarse de nuestra patria a Monseñor Flatz, las autoridades, el Vicariato, las comunidades eclesiales de base y sobre todo, un pueblo agradecido le brindó un justo homenaje de reconocimiento y despedida.

No hay duda que en las manos consagradas de estos hombres, el creador de todas las cosas había puesto levadura, y es necesario que para honrar la memoria del uno y el recuerdo del otro, todos estamos obligados desde la vocación y el estado de vida de cada uno de nosotros a seguir forjando esta patria, a seguir luchando por la dignidad de nuestros pueblos, aceptándonos y respetándonos con nuestras costumbres y tradiciones, resaltando el valor de cada una de nuestras culturas, fomentando el desarrollo de nuestros pueblos milenarios, con el ejemplo de estos dos seres que tuvieron el alma y el corazón zamoranos.

Y bueno la carretera finalmente llegó de Loja a Zamora y con ello, llegó el primer vehículo a esta ciudad; pero, y luego para seguir hacia abajo, para llegar a lo que hoy es Cumbaratza, Zumbi, Yantzaza, El Pangui, como fue?

Y ante esta pregunta el rostro de mi padre se transforma, se emociona al escucharme, se transporta y vive, recordando este arte y oficio de antaño, esta actividad intensa que debía vivírsela en el agua, y de nuevo la disfruta. Y comienza un relato fascinante que parece que viviera solo en su mente lúcida.

Zamora tenía un gran puerto fluvial me dice, estaba ubicado exactamente a la altura de donde hoy está el monumento a la raza shuar, en el puente que antes se denominaba La Pasarela. Ahí era el puerto y cuyo recuerdo está perennizado con un vistoso mural, que con justicia se yergue en recuerdo y homenaje a lo vivido en este importante punto de nuestra geografía.

Desde este punto hacia abajo, el río Zamora, nuestro Yayamayu, o rio grande se hacía navegable, convirtiéndolo en el medio de comunicación y transporte de todos los ribereños, que poco a poco fueron ubicándose a las orillas del río y formando pequeños centros poblados, pero principalmente por ser una zona de frontera, fueron creándose los destacamentos militares.

Este puerto era el punto de llegada y de partida de todos los viajeros, que por diversas necesidades debían surcar las aguas turbias del río.

El Zamora, siempre majestuoso, fue recorrido en bote y canoas en todo su largo, gracias a su caudal que lo hacía navegable y a sus afluentes: El Bombuscaro, Jamboé, Nambija, Yacuambi, Chicaña, Nangaritza, Pachicutza y el Chuchumbletza, que desde aquí hacia abajo se unían a él en esta labor de acarrear el desarrollo de los pueblos. Ya que como te darás cuenta por lo general, en cada desembocadura de estos ríos se fueron creando luego los pueblos que llevan sus nombres.

Esta fue la razón para que el puerto de Zamora, sea tan transitado, pues aquí se iniciaba un viaje lleno de aventuras, por momentos lleno de paz, de mucha calma, escuchando la música del viento, del agua al correr, de los pájaros que alertados de nuestra presencia emprendían el vuelo en manadas, es decir la música de toda la naturaleza en su conjunto y en todo su esplendor.

Quién no sintió su alma estremecer, al poder contemplar la grandeza de la naturaleza, al contemplar la vista completa del Río Zamora, sintiendo la caricia fresca de la brisa, y la dulce frescura del agua, quien no se sintió pequeño ante la vista de árboles altos y frondosos, ante la vista de todo el fascinante paisaje que nos rodeaba, lleno de encanto y belleza.

Pero también, quién no aprendió a ser humilde ante la grandeza y majestuosidad del río cuando hinchaba su volumen por las lluvias, quien ante los obstáculos y caprichos de las aguas no aprendió a ver con respeto la naturaleza.

Por ello al comenzar un viaje de estos tan incierto o al arribar al puerto, luego de una fatigosa subida por las aguas del Río Zamora, madres, esposas, hijos que despedían o que recibían a sus seres queridos, derramaban lágrimas de tristeza o alegría. Convirtiendo al puerto, en una parte de nuestra vida cotidiana, que deja recuerdos grabados, que el tiempo no puede borrar.

El caudal normal del río era tal como ahora cuando existe un fuerte invierno, en el majestuoso puerto de Zamora era normal ver atracadas seis, ocho y hasta diez canoas; y, se veían varias a lo largo de toda la ribera del río en los lugares de las diferentes propiedades, pues por obligación los finqueros debían tener una o dos canoas en cada finca.

Estas canoas eran conducidas por dos personas, uno iba al frente y otro en la parte trasera. El de el frente debía ser un experto en maniobrar la embarcación y era el encargado de permitirle el avance o detenerla en caso de ser necesario, es decir llevaba la velocidad de la canoa, y el de la parte de atrás debía dirigir por donde iba la embarcación, con la práctica se hicieron diestros y constituía un orgullo ser los mejores bogas de la época. Su maniobra era a pulso, a la fuerza, con las palancas y los remos, fue posterior que los militares, luego la misión y posteriormente los civiles pudieron motorizar este medio de transporte.

Por lo general los puertos mas conocidos estaban ubicados en El Arenal cerca de la Quebrada de Cumbaratza, mas abajo La Hueca, luego el puerto de Zumbi que permitía llegar al puesto militar de esa parroquia y que también constituía el inicio de un viaje a travesía de montaña para dirigirse a los ahora cantones de Paquisha y Nangaritza.

Siguiendo el río Zamora, estaba el puerto para llegar al gran valle de las luciérnagas, Yantzaza, que se constituyó en el centro de desarrollo comercial, pues aquí convergían pobladores de todos los sitios aledaños para proveerse de artículos de primera necesidad.

Mas abajo, Los Encuentros, que era el último control militar en el que obligatoriamente debían ser registrados todos los transeúntes, que por lo general eran nativos shuar y comerciantes que se aventuraban en busca de comercializar sus productos. Ya de Los Encuentros para abajo había únicamente pocas propiedades y eran de personas provenientes de Gualaquiza que habían subido el río para hacerse de propiedades, formando lo que luego se constituyó en el Cantón El Pangui.

Cuando estaba buen clima y el río lo permitía, el viaje a Los Encuentros podía durar un día, pero cuando era invierno en cuanto crecía el río, los viajeros debíamos tratar de llegar al puerto mas cercano, a algún poblado cercano o a alguna jibaría, para realizar largas y pesadas esperas hasta que el río vuelva a su cauce normal y continuar el viaje.

Es decir, el medio de comunicación, el factor de desarrollo de estos pueblos, la forma de llegar a estas tierras, para poblarlas, para vivirlas, definitivamente lo constituyó y por muchos años, nuestro gran Río Grande, Río Zamora y todos los puertos, que fueron la puerta de entrada a grandes valles como el de Yantzaza, y el incomparable Valle del Nangaritza, en el Pangui te digo que prácticamente eran tierras inhóspitas que con la civilización se constituyó en esa interminable recta de una tierra tan productiva como hospitalaria.

Te cuento hija que cuando bajábamos o subíamos surcando el río, nuestra mente jamás podía imaginar la riqueza que había mas allá de lo que veían nuestros ojos a la ribera del río, y nuestra imaginación tampoco estaba preparada para soñar con las ciudades y poblados con que ahora cuenta nuestra Provincia.

Como no admirar por ejemplo y no felicitar a los gestores, a los constructores esa linda obra construida en Yantzaza, en recuerdo de donde estuvo el puerto, el solo mirarla trae recuerdos tan lindos, estoy seguro que no solo para mí sino para todos los que tuvimos la oportunidad de haberlo vivido y que tenemos la certeza de que así fue es tán emocionante como los recuerdos que se evocan.

Pero como te cuento, este importante puerto ubicado en nuestra ciudad, cuyo recuerdo y las vivencias se quedaron grabadas en mi recuerdo y en el de muchos, ya que como es natural, un puerto siempre constituye un lugar en donde los sentimientos se confunden, algunas veces de alegría y otras de gran tristeza.

Algo bonito constituía los concursos de las canoas, que era una programación que tenía mucha convocatoria, se la realizaba especialmente en las festividades civiles y religiosas, en el cual los mejores bogas demostraban sus habilidades, su pericia y su conocimiento del río. Todos los inscritos tenían su propia barra y el río era una fiesta, toda una algarabía.

Cuando yo vine a Zamora era típico escuchar a los mas antiguos como rememoraban que mucho tiempo atrás otra gran actividad en las aguas del río que constituía una oportunidad para compartir con la familia y pasar un día hermoso, era cuando los nativos shuar probablemente motivados por la fase lunar, que es una teoría que ellos dominaban, echaban al agua bejuco de barbasco, para realizar grandes jornadas de pesca.

Todo el pueblo se asentaba a la margen del río y los nativos botaban el barbasco mas o menos en el sector de la Fragancia, por lo que las familias se ubicaban a las orillas por todo el sector en lo que hoy está el Parque lineal. Allí preparaban sus hornillas y cocinaban yuca, luego comenzaban a bajar los peces embarbascados, constituyéndose en presa fácil de alcanzar, hasta por los mas pequeños. Realmente era un festín, pero que pena una pesca con un método tan primitivo como inadecuado.

Te cuento esto para destacar la forma de divertirse sana, de compartir con la familia, de convivir con la naturaleza, pero sobre todo de la convivencia fraterna entre todos los pobladores.

Sin embargo así mismo, muchas veces, cuando una embarcación naufragaba, las aguas del caudaloso Zamora, se confundieron con amargas lágrimas, de quienes perdieron en ellas, sus bienes, su patrimonio, pero sobre todo, sus seres queridos.

Ante estas eventualidades, el pueblo mostraba toda su solidaridad, y cuando naufragaba una canoa, cuadrillas de personas, al mando de los militares, surcaban el río, palmo a palmo, para rescatar los cadáveres. Algunas veces con suerte, se los encontró y pudo dárseles sepultura, otras veces, ante la inconformidad natural de sus familiares, ante verdaderos cuadros desgarradores de viudas, de huérfanos, de padres que perdieron a sus hijos, ante esos designios que no pueden comprenderse fácilmente, debía darse por concluida la búsqueda, permitiéndole al río que acoja esas vidas, como ofrenda, ante su magnificencia.

Pues bien, el río que describe mi padre, su torrente, su caudal, que arrasó en sus aguas, toda esa actividad, que confluyó en el desarrollo de los pueblos; y toda la riqueza hidrográfica con que aún cuenta nuestra Zamora Chinchipe, Fuente de Agua y Vida, necesita de nuestro compromiso, de ese despertar de nuestra conciencia, de ese afán permanente que debe embargarnos para estar dispuestos a respetar y hacer respetar nuestros ríos, a cuidarlos, a luchar por ellos, legitimizando el derecho que tiene la naturaleza de seguir viva.

En una amena conversación con mi padre, le pregunto:

Cuales fueron las tradiciones que se destacaban en Zamora?

Me dice: Son muchas y bastante bonitas, y debieron haber sido hermosas, para que permanezcan vivas en el recuerdo, 65 años después.

Te puedo nombrar las fiestas religiosas, que se reafirmaban cada año y que se realizaban en honor a nuestra patrona la Virgen del Carmen, las Fiestas de El Limón, muy concurridas, el juego del Carnaval, que era la mejor ocasión para las reuniones familiares, entre otras.Pero una tradición muy esperada por todos, era la elección de la Reina de la ciudad.

La primera vez que las autoridades decidieron nombrar esta dignidad, constituyó una fiesta democrática.

Bellas señoritas fueron escogidas para que representen a las diferentes instituciones; y, se conformaron comités de campaña, pues la elección se hizo por dinero. Es decir se trabajaba en equipo para conseguir fondos y la representante del comité que logró reunir la mayor cantidad de dinero, era proclamada la Reina de la Ciudad.

Estos dineros servían para los gastos propios del evento y lo demás, porque se reunía bastante, se designaba para una obra a favor de la ciudad, por ejemplo el lote en donde ahora es la Federación, fue comprado con el producto de la campaña para nombrar a una de las lindas Reinas que ha tenido nuestra Provincia.

La que llegaría a ser la primera soberana de Zamora, nació en Timbara, pero antes de su elección tuvo la oportunidad de salir a estudiar en San Pablo del Lago, que era el lugar junto con Uyumbicho, en Ibarra, a la que se dirigían los jóvenes zamoranos que escogieron la digna labor de enseñar, de ser maestros. Por la distancia y la penuria del viaje, que gran parte debía realizárselo a lomo de mula , era un acto por demás sacrificado tanto de parte de los jóvenes que tenían que alejarse de sus casas, como de sus padres y hermanos que los veían partir año a año, en un tiempo en que estábamos lejos de conocer los medios de transporte y comunicación con que se cuenta en la actualidad.

Regresaron titulados, para dirigirse a los lugares mas alejados de nuestra geografía provincial, a cumplir con esa labor, encomiable, digna, sacrificada, y loable del magisterio.

Entre otros: tu tio Floro Regalado, Víctor Hugo Japa, Julio César Izquierdo, Angel Izquierdo, Luis Aldeán, hijos de Zamora, que a la postre se convirtieron en líderes locales, destacándose en varias actividades del convivir social y político; y por ende en bastiones del desarrollo de nuestra región.

Como te decía una vez que alcanza el título de maestra, regresa a su tierra natal, la espiritual y hermosa Orfelina Apolo Berrú, y tras el período de campaña para recaudar los fondos necesarios, es proclamada como la primera reina de nuestra ciudad.


En aquellas épocas los actos de coronación y exaltación de las reinas, se realizaban en bonitas veladas, en donde predominaba la música, la poesía, la elegancia.

Por lo general en lugares públicos, en forma gratuita y ante la alegría de todo el pueblo, se coronaba a la Reina. Vale resaltar que por dura que haya sido la disputa, la coronación de la Reina sellaba la contienda y todos celebraban a la nueva soberana, que se constituía en una autoridad mas de la localidad, y ante cuyo paso, se le hacía educadas reverencias.

La Reina y su corte de honor, hermosamente ataviadas recibían el cariño y el aplauso de todo el público.

Importante parte del programa lo constituía la exaltación a la Reina, en la cual los caballeros de reconocidos dotes líricos, resaltaban en verso y en prosa las cualidades de la soberana.

Luego se colocaba los atuendos reales, constituidos por elegantes coronas y cetros traídos exprofesamente de la ciudad de Loja, como insignias visibles del poder real y de la autoridad de la cual quedaban envestidas por un año, pues a mas de ser la representante de la belleza de la mujer zamorana, como te dije antes, la reina era considerada una importante autoridad civil dentro de la población.

La vestimenta de la reina era elaborado con las mejores telas y los mas bonitos colores, por lo general se utilizaba terciopelo y seda, traídas desde otras ciudades, los vestidos estaban decorados con encajes bordados a mano con lentejuela y pedrería, aún puedo ver a tu madre, amaneciéndose a la luz de una vela y posteriormente a la luz de la lámpara petromax, derrochando una habilidad nata que el Señor le había regalado, convirtiendo las finas sedas en los mas atractivos vestidos, dignos de cubrir a una Reina, pues para tu mamá, me dice nostálgico mi padre, la costura fue su principal y primer oficio y supo hacer de su oficio un arte y de ese arte una pasión. Volver el tiempo para recordar la juventud de tu Madre, dice con acento melancólico, es verla siempre rodeada de telas, agujas, hilos y tijeras.

Un artículo que ya no usan pero que constituía la elegancia, la dignidad y que las soberanas lucían con orgullo, era la capa de la Reina.

Esta prenda era elaborada en terciopelo, cubría externamente todo el cuerpo de la soberana y aún arrastraba una cola de mas de un metro de largo. Ver a la reina coronada imponía admiración y respeto. Y sobre todo afloraba en los ciudadanos sinceros sentimientos de cariño, de ahí que Zamora Chinchipe, haya tenido Reinas tan queridas y tan recordadas.

Otra parte importante de la velada constituía el ver a la nueva autoridad firmar el acuerdo real, lo cual lo hacía a la vista del público y lo rubricaba con pluma y tinta, en el escenario, para que proceda a leerlo su gallardo caballero.

Orfelina Apolo Berrú, escogió a tu madre, para que le confeccione los vestidos para su reinado, y en la gran amistad que las había unido siempre, también fue escogida como la madrina de nuestro matrimonio. Como no recordarla, con tanto cariño y aprecio.

Pero habiéndose constituido en una tradición, el nombrar la reina año tras año, fueron viniendo otras bellísimas damitas que alcanzaron esta dignidad, de las que me recuerdo: Martita González Obando, Carlota Piedra Ordóñez, Silvia Piedra Ordóñez, Yolanda Calderón Gálvez, Herminda Delgado Tello, Rosita Arévalo Bermeo (+), a todas ellas mi recuerdo mas cariñoso. Todas amigas, todas señoritas virtuosas, educadas, hijas de buenas familias que ya para entonces poblaban Zamora.

Ante estos recuerdos, los azules ojos de mi padre, se nublan, llenos de rocío, como si realmente fueran un pedacito de cielo, en cuyas pupilas aún puede mirarse hermosas estrellas, cada una de ellas encendidas ante el recuerdo vivo de las noches que engalanaron la presencia de las mas bellas mujeres zamoranas.

Si realmente mi padre se apasiona ante mi curiosidad por lo cotidiano de la vida de mi Zamora, cuanto mas se destaca su elocuencia cuando en mi afán de conocer le digo ¿Y como recuerda usted su vida militar?

Y emocionado hasta las lágrimas, me dice, ahí si tocaste un tema que es mi vida, que es lo que soy, porque mi uniforme militar al igual que el de muchos de mis compañeros, no fue elaborado con tela cualquiera, fue tejido con los hilos del valor, del coraje, del honor, de la disciplina y del patriotismo que caracteriza al verdadero soldado.

Nuestro ejército ecuatoriano, y te estoy hablando de hace 65 años, me dice mi Padre, trayendo a su lúcida memoria que se constituye en una fuente inagotable de historias y experiencias ávidas de ser narradas, con ese estilo tan suyo, sintiendo en cada palabra expresada todo lo que vivió y vuelve a vivir cada que lo cuenta, y es que debe ser tan difícil para alguien tan elocuente como él, narrar en pocas palabras todo lo que se ha vivido.

En ese entonces no había la Escuela para soldados, sino que las personas que habíamos hecho el servicio militar o conscripción y nos gustaba esta vida, pedíamos al licenciarnos, que nos permitan alcanzar el tan anhelado sueño de hacernos soldados, y así lo hice, me tomaron las pruebas correspondientes, alcancé esta profesión, la desarrollé y la convertí en mi forma de vida por muchos años, hasta que pasados 28 años de servicio, prácticamente todos en esta pródiga tierra que me recibió desde mi primer pase, me retiré de lo que fue mi vida laboral.

Llegué a Zamora, cuando el cuartel militar funcionaba en una casona grande que abarcaba prácticamente toda la manzana de lo que ahora es el edificio de la Gobernación, no había mas de 40 voluntarios en la que en ese entonces era la Compañía Zamora, perteneciente al Batallón de Loja. Los soldados o voluntarios que ahí permanecíamos éramos itinerantes, es decir pasábamos entre Zamora y los diferentes campamentos militares ubicados a lo largo de las riveras de nuestros caudalosos ríos, el gran Zamora y el majestuoso Nangaritza, a donde nos enviaban con los llamados pases a estadías de hasta 6 meses.

Estos destacamentos militares eran visitados todas las semanas por el correo militar y por los soldados encargados de llevar las provisiones de alimentos enviados desde Zamora, lo que se completaba con los productos generados mediante la agricultura y crianza de animales que realizábamos; y la carne que conseguíamos gracias a la cacería o al trueque que hacíamos con los nativos shuaras, que apreciaban en gran manera que les provisionemos de sal y ropa, especialmente camisetas y pantalones, a cambio de lo cual nos daban carne de animales silvestres.

La vida en los destacamentos militares, era una vida privilegiada, un contacto total con la madre naturaleza, un convivir diario con la tierra, sembrando, cazando, pescando, criando gallinas, haciendo pan en los hornos de barro que constituían parte obligatoria de la construcción del destacamento militar, y esas interminables noches de conversación con los compañeros, no faltaba algún trovador enamorado que le arrancaba notas a una vieja guitarra cada noche, todos juntos alumbrados únicamente por los mas brillantes faroles del cielo, o a la luz y calor de las inquietas llamas de una fogata.

Y mas allá que ese compartir entre nosotros, también nuestra labor era compartir con los nativos, ayudarles en su proceso de civilización y desarrollo, y por encima de todo eso para nosotros los soldados, el que nos toque el período de destacamento como lo llamábamos al período en que debíamos vivir en estas tiendas militares sembradas a lo largo de nuestra región fronteriza era la oportunidad mas anhelada para desarrollar nuestra virtud nata de todo aquel que decidió su vida por la vida militar, como es la virtud del patriotismo, es decir esa virtud del amor a nuestra patria, ese amor que nos hizo a tantas levas de militares cuidar con celo cada centímetro de nuestra geografía y estar dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias y si fuere necesario derramar hasta nuestra última gota de sangre por defender nuestra soberanía.

Los soldados jamás mostramos descontento o desaliento ante cualquier penuria que tuvimos que pasar en la vida de los destacamentos, mas bien lo atesoramos como grandes experiencias.

Muchas mujeres, en una demostración de verdadero amor, acompañaban a los soldados a vivir en los destacamentos, allí matrimonios jóvenes, tenían y criaban sus hijos, por ello pienso que las nuevas generaciones tienen un gran sentido nacionalista porque heredaron de sus padres un sólido sentido patriótico. Como te decía estas pequeñas unidades militares, prácticamente eran pequeñas urbes, donde reinaba la cordialidad, el apoyo y la ayuda mutua.

Los soldados también estábamos encargados de la limpieza de las picas o caminos que nos unían entre sí, y del mantenimiento de los hitos que marcaban nuestra frontera sur con el hermano vecino país del Perú, es decir constituíamos verdaderas fronteras vivientes en un período por demás conocido por los acontecimientos políticos que se desarrollaron entre los dos países.

Pero te puedo decir sin temor a equivocarme que esta trilogía de respeto, amor y honor la teníamos arraigada en el alma todos los soldados y que se constituye por el amor a Dios, a la Patria y a los padres, como nos enseñaron y como hemos sabido enseñar a nuestras descendencias.

Mientras tanto acá en Zamora, la compañía militar posteriormente tomó el nombre de Batallón de Selva 103 Zamora, y mantenía desde ese entonces la propiedad de la Chacra, en la cual ahora es el cuartel militar, en ese entonces era una hacienda del ejército en la cual habían los sembrados que aprovisionaban de la alimentación del personal.

También estaba ubicada en esta hacienda una tejería y ladrillería, la cual yo personalmente visitaba a diario gracias a la presencia del único vehículo que existía en Zamora y que fue traido gracias a la Gestión del entonces Mayor Germán López, en una obra maratónica de ir abriendo el camino y seguir trasladando el automotor, a ratos empujando, a a ratos alando, a ratos conduciéndolo, pero finalmente llegó a Zamora, claro que no pudo salir nunca mas, únicamente se movilizaba en las cuatro callesitas de la urbe y llegaba hasta la Chacra, constituyendo todo un atractivo para los niños que lo veían rodar, algunos de los cuales sigilosamente se acercaban a tocarlo.

Cuando vine a Zamora, ya estaba formándose como Militar de escuela, un zamorano, mi Coronel Víctor Emilio Márquez, posterior a él han sucedido varios zamoranos que abrazaron la carrera militar dejando en alto el nombre de nuestra provincia, de allí que como tu sabes dice mi padre, ensanchando el alma con un merecido orgullo, que mi nieta Susana Maricela Reyes Chacón, hoy es Capitán del Ejército Ecuatoriano, constituyéndose en la primera mujer militar zamorana.

Y es que mis nietas me han dado la satisfacción de escoger profesiones que quizá llevaban en la sangre, que quizá fueron transmitidas a través de genes, porque personalmente estuve encargado siempre de la conducción de los vehículos, labor que me permitirás que haga un paréntesis para decirte que ha sido la pasión de mi vida y que por ello hasta hoy mis 85 años de edad tu ves que lo sigo realizando y del mantenimiento de los motores, es decir mi vida laboral fue el compartir las dos cosas que mas me han gustado en la vida que es la milicia y lo automotriz, lo mecánico.

Por eso te digo hija, con el mas sano orgullo y agradecido de Dios que me ha permitido el vivir esto de ir hace poco a SHELL a colocarle personalmente, yo su abuelo, las paletas de ascenso a Susana, así como me enorgulleció tanto asistir al grado de Ingeniera mecánica de mi otra nieta Adriana Vannessa, es como que siento que algo de mí se realizó plenamente en ellas.

Ante este relato tan emotivo de mi padre, y haciendo eco de sus palabras del respeto, amor y honor que se merece nuestra patria, es justo que una vez más reavivemos nuestro sentimiento nacionalista, que una vez más cuidemos y exijamos la verdadera soberanía de un estado democrático, que lo hemos heredado en base al sacrificio de aquellos hombres valientes que bajo el lema de AMOR, HONOR Y DISCIPLINA, supieron brindar su vida por defender nuestro territorio.

Y ahora, pregunto a mi Padre, quien es Luis Olmedo Chacón Rosero:

Me mira y con una admirable sensibilidad casi poética, por esa manera extrema de sentir la vida, me contesta diciendo, Sabes quien soy? Soy un ser humano.

Nací en Tulcán, provincia de El Carchi, mi papacito inmigrante colombiano, mi mamá ecuatoriana, dedicados al comercio, de artículos que en un principio traían de Colombia atravesando la frontera a pie en contrabando, y luego se asentaron en Quito, fueron los fundadores del Centro Comercial Ipiales, que ahora es muy reconocido.

Muy joven, en mi tierra, me gustaba escuchar el Pasillo Alma Loja, escrito por el artista Emiliano Ortega y música del maestro Cristobal Ojeda, este pasillo también conocido como A Orillas del Zamora, y me gustaba tanto, lo sentía tan íntimamente, que me lo aprendí de memoria y lo cantaba y lo cantaba sin imaginar jamás que mi destino estaba acá A orillas del Zamora.

Abracé la vida militar y mi primer pase me lo decretaron a esta pródiga tierra en la que servían también en la milicia, paisanos míos Don Luis Humberto Delgado, Don Julio Alonso Torres Rosero y Don Salustio Padilla Becerra.

El mismo día que llegué a Zamora, conocí a tu madre, una reconocida costurera la Srta. Fanny Regalado Espinosa, con quien surgió inmediatamente la atracción mutua, que sienten cuando se cruzan en la vida dos almas que han estado destinadas a encontrarse.

Y en esa mirada que se cruzó, entre el azul claro de mi ojos y el obscuro de los suyos, supimos de inmediato que nos complementábamos y que nuestro destino estaba escrito, que debíamos cumplir un plan de vida trazado por el creador, nos casamos tuvimos seis hijas mujeres, cinco de las cuales viven, Yolita, Maritza, Betty, Katty y mi Francis.

He puesto mi alma y mi corazón en lo vivido, como te dije al principio soy un ser humano que se ha equivocado tantas veces, que ha errado otras tantas veces y que a lo mejor hasta ofendí tantas veces, pero también como ser humano con voluntad, con libertad y con razón, he reconocido todos esos errores y estoy dispuesto a vivir lo que me falta por vivir, con responsabilidad, sin temores, con paz, con amor, con alegría, disfrutando cada día, sirviendo cada día, rezando cada día, en agradecimiento a lo que me ha tocado vivir.

Es por ello hija, que te quiero pedir, que no termines este libro sin escribir en él, ese bonito poema que me leiste la otra tarde, ese de Amado Nervo, que dice:

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

…Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas…

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!