Como le escribí en el año 2013, Hugo Arias, un amigo de quien en mi adolescencia y juventud ni siquiera imaginé ser su amigo, mucho más pensar en que la vida me iba a permitir escribirle una sola línea. Pues sus largos pasos recorridos en el mundo de la investigación, de la historia y de las letras dedicadas a Zamora Chinchipe, solo me permitían saludarle en la calle con respeto. Sin embargo, como lo dice él mismo en su narrativa: “el hombre, por naturaleza se obstina en no entender ni saber más allá de lo que la vida nos ofrece en ese instante”; entiendo que la vida también está hecha de esto y hoy Hugo Arias como lo dice en su “Guillermina”, está seguro, firme y convencido de que ya “la luna se apuró a ocupar su puesto”.

De su vida como político y como autoridad no me voy a referir, pues, sus obras y ejecutorias hablan por sí solas al caminar las calles de nuestra ciudad y provincia; más allá de ello y que a mi modesto entender cobra más importancia en la vida de un ser humano; se debe decir que aportó mucho a la cultura de nuestra provincia, se interesó por develar su historia en el “Zamora de Ayer y de Hoy” donde a más de recabar la primera obra de historia de esta provincia, con gran habilidad mezcla lo épico, lo lírico y hasta poético. Decía el Dr. Gonzalo Montalvan “si Francia tiene su inmortal Víctor Hugo, Zamora lo vence con su Víctor Hugo de alma lojana y corazón zamorano”

Hugo Arias fue un estudioso y apologista de la vida y obra del orientalista y sociólogo Pío Jaramillo Alvarado, del cual aprendió mucho con sus obras como “Historia de Loja y su Provincia” y “Tierras de Oriente”, inclusive cuando fue alcalde, le erigió un monumento en el parque de la ciudad en reconocimiento a la lucha del entonces administrador del oriente que aportó mucho para la creación de esta provincia.

Se interesó por su Catamayo natal, recabando la vida de “Catamayo en su devenir histórico” donde escudriñó el origen e historia del valle del eterno sol, entreteniéndonos en cada recorrido por los parajes del tiempo, destacando hasta el canto del “chilalo” en la llanura y en la hacienda de valle hermoso donde en su juventud, conoció a Benjamín Carrión.

Porque cada día veía más cerca la mansión donde moran los cuerpos yertos, allí donde las flores se marchitan, Dios y la vida le ha cumplido el deseo de ser  “Dos hojas movidas por el viento”, como lo dice en su novela, ha regresado al vientre universal, junto a su querida Azucena; sus hijos adornarán sus tumbas con azucenas blancas… y sentirán tristeza y dolor…porque a sus padres, Dios los unió en un mundo de flores del aurora, movidas por las suaves brisas al salir el sol con majestad augusta.

Hugo Arias decía que “ahí donde está el silencio, está la calma!… Donde está la calma, está la paz. En donde hay paz, reina el amor. Donde hay amor, hay felicidad. Y no hay dinero que compre la felicidad. La riqueza solo atormenta el alma y el alma atormentada no puede llegar a Dios. Un corazón sangrado de dolor no encuentra el camino y solo es un caminante perdido en las tinieblas”- se decía para sí mismo.

Apreciado Hugo Arias, ahora estarás burilando versos con la pluma de Leonel Feijoo, el que con cariño te apodaba de vez en cuando “el Viejo Hugo”, y estarás trasuntando historias con Víctor Manuel Rodríguez, con quien alguna vez en tu casa esperamos el amanecer conversando de historia, de historias y algo más.

El hombre nace, pero lleva a cuestas la muerte. No hay vida, si no hay la muerte, y no hay muerte si no hay vida. La vida muere, donde nace la muerte. Hugo Arias